septiembre 7, 2026

Riesgos de los Trabajadores del Sargazo: Gases Tóxicos y Quemaduras en las Playas del Caribe

El olor nauseabundo que emana del sargazo descompuesto invade el aire y provoca un escalofrío que recorre el cuerpo. La fragancia recuerda a millones de huevos en descomposición a la orilla del mar. Lo que debería ser un paraíso caribeño, con arenas blancas y aguas turquesas, se transforma en una escena repulsiva que contrasta con la experiencia tropical esperada, reflejando los drásticos cambios que se están produciendo en los océanos y en las comunidades que dependen de ellos.

En la costa de Quintana Roo, un hombre se apresura a salir de entre una mancha de algas marrones. Viste ropa ligera y lleva una gorra empapada. Sus pies, descalzos y arrugados, lucen deteriorados, y algunas uñas apenas se mantienen en su lugar. Al cruzar la calle, devuelve el desayuno, tras haber pasado horas bajo el sol, sumergido en un caldo ácido y oscuro.

El surgimiento de un nuevo oficio

Desde que en 2014 la primera ola de sargazo llegó a las costas de Cancún, Puerto Morelos, Playa del Carmen, Tulum y Mahahual, emergió un nuevo empleo: el recolector de sargazo, conocido como sargacero. Sin embargo, estos trabajadores han empezado a reportar una serie de síntomas preocupantes que incluyen picazón intensa, escozor, erupciones cutáneas, vómitos, pérdida de cabello, así como dificultad para dormir y respirar.

Un estudio elaborado en 2026 documentó la exposición a sulfuro de hidrógeno, un gas tóxico que se libera al descomponerse el alga y que es conocido por su característico olor a huevo podrido. Los resultados revelaron que los recolectores respiraban niveles de gas peligrosamente elevados. La investigación, liderada por Rosa Rodríguez Martínez del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología de la UNAM, en colaboración con científicos de Brasil y Canadá, utilizó sensores portátiles para monitorear la exposición al gas durante el trabajo de campo.

La normativa establece un límite de una parte por millón de sulfuro de hidrógeno para una jornada de ocho horas. Sin embargo, los sensores detectaron que, en casi la mitad de su jornada, los trabajadores superaron este límite, con picos de concentración de hasta 50.8 partes por millón, más de cincuenta veces lo permitido. Rodríguez ilustra el riesgo diciendo: “No es lo mismo que te pique una abeja a que te piquen cincuenta”.

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Riesgos para la salud pública

El sargazo en descomposición representa un riesgo no solo para los trabajadores, sino también para la salud pública en general. Las investigadoras advierten que los esfuerzos de gestión actuales son insuficientes para proteger tanto a los ecosistemas como a las personas que enfrentan esta crisis. “Es urgente aplicar la normativa mexicana con protocolos de prevención, monitoreo continuo y equipo de protección para salvaguardar la vida de los trabajadores”, enfatiza el estudio.

Los arribazones masivos de sargazo continúan rompiendo récords cada temporada, y la salud de quienes lo recogen se deteriora en medio de la precariedad laboral. Este año se espera un nuevo récord no solo en la cantidad de sargazo, sino también en la biomasa en descomposición.

Al caminar por la playa en busca de trabajadores dispuestos a hablar, me acerco con cortesía, pero la mayoría responde con frialdad. Tras varios intentos, noto que mi presencia genera incomodidad. Finalmente, uno de ellos accede a compartir su experiencia. “¿Les informan sobre los riesgos al contratarlos?”, pregunto. “Nada. Solo te preguntan si soportas el trabajo duro”, responde un sargacero con diez años de experiencia.

La historia del sargazo y su impacto

El sargazo no es un fenómeno nuevo en el océano. Cristóbal Colón lo mencionó en sus diarios durante su viaje en 1492, cuando describió grandes masas de algas flotantes que cubrían el mar, posteriormente conocido como el Mar de los Sargazos. En su hábitat natural, el alga proporciona refugio a diversas especies marinas. Sin embargo, lo que ha cambiado es la magnitud y duración de su presencia en las costas del Caribe.

Rosa Rodríguez argumenta que el sargazo representa una cuenta que el océano nos presenta: “El mar está acumulando toda la basura que le arrojamos y nos la devuelve como diciendo: ‘Toma, quédate con tu porquería’”. Esta metáfora cuenta con respaldo científico. El investigador Brian Lapointe de la Universidad de Florida sostiene que “el sargazo es un barómetro de cómo los humanos estamos alterando los ciclos de nitrógeno del planeta”, refiriéndose al exceso de fertilizantes y aguas residuales que fluyen hacia el océano, así como al cambio climático que altera las corrientes marinas.

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La cantidad de sargazo ha aumentado de manera alarmante en los últimos años. En 2011, se detectó una masa sin precedentes en el Atlántico Tropical, y en 2014, una porción monumental alcanzó las costas del Caribe mexicano. Desde 2018, los arribazones dejaron de ser excepcionales para convertirse en una rutina. “Normalmente había años altos y bajos intercalados”, explica Rodríguez. “Ahora, como vimos en 2025, el crecimiento es exponencial”.

El impacto en la salud de los recolectores

En 2025, el afloramiento de sargazo fue el más grave registrado, con una biomasa estimada de 3.4 millones de toneladas, más del doble de las 1.4 millones de toneladas de 2022. Además, en 2026, los récords de sargazo continúan rompiendo cifras anteriores. La titular de la Secretaría de Medio Ambiente, Alicia Bárcena, informó que este año ha llegado cuatro veces más sargazo que en 2025 y 27 veces más que el promedio histórico, un fenómeno atribuido al uso excesivo de nitratos y fosfatos en la agricultura industrial.

Recolectar sargazo es una tarea ardua. Aunque en algunas playas se utiliza maquinaria pesada, la mayoría de la recolección se realiza manualmente con rastrillos y carretillas, organizados en grupos de seis recolectores y un supervisor. Al intentar hablar con ellos, el grupo ignora mis preguntas y continúa trabajando bajo el sol. Una sargacera se aparta brevemente para hablar en privado: “Recoger todo es imposible, hay demasiado volumen”, comenta.

Las investigadoras realizaron un cuestionario de salud a 32 sargaceros (26 hombres y seis mujeres) para comprender los síntomas que experimentan tras comenzar su labor. Más de la mitad de los encuestados (53%) reportó un deterioro en su salud, con malestares que van desde problemas dermatológicos y neurológicos hasta síntomas gastrointestinales y respiratorios.

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El desconocido riesgo del sulfuro de hidrógeno

El sulfuro de hidrógeno, liberado por el sargazo en descomposición, ya ha cobrado vidas en otras costas. En Bretaña, Francia, se registró la muerte de un obrero que trabajaba en la recolección de algas. A pesar de los riesgos, los recolectores en Quintana Roo trabajan sin equipo de protección. “No nos dan mascarillas”, señala uno de ellos. “Lo más común son ronchas, granos y problemas en la piel por el ácido que suelta el sargazo. Aquí estamos solo a la espera de que uno no se enferme”.

La Organización Mundial de la Salud ha correlacionado la exposición al sulfuro de hidrógeno con los síntomas que experimentan los recolectores. Incluso a niveles bajos, entre 5 y 10 partes por millón, el gas dificulta el uso de oxígeno en el cuerpo, lo que puede derivar en enfermedades crónicas. El mayor peligro es que la exposición continua puede resultar en ceguera olfativa, lo que significa que los trabajadores dejan de detectar el olor a huevo podrido, una advertencia natural del cuerpo sobre la toxicidad del aire que respiran.

Desigualdades en la recolección y gestión de recursos

El cuestionario utilizado en el estudio se basó en experiencias de Martinica, donde el sargazo es considerado una emergencia sanitaria desde 2011. En México, sin embargo, no se lleva un registro de los malestares relacionados con el sargazo. “La atención se centró en los impactos ambientales y económicos, dejando de lado la salud de quienes trabajan con él”, señala Veras.

Sin un cuadro clínico definido, los médicos en México no pueden diagnosticar adecuadamente a los trabajadores con síntomas relacionados. Como resultado, muchos son despachados con diagnósticos erróneos. “Sabemos que las concentraciones son peligrosas, pero ¿quién va a tomar medidas?”, se pregunta

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