agosto 17, 2026

Vacunarse protege el cerebro contra la demencia, pero se desconoce la razón

Cada vez más vacunas de rutina se asocian con un menor riesgo de demencia. Entre estas se encuentran las de la gripe estacional, el virus sincicial respiratorio (VSR), el tétanos, la difteria y la tos ferina, así como las vacunas contra infecciones neumocócicas, hepatitis A y B, y fiebre tifoidea.

Una de las asociaciones más destacadas se ha observado con la vacuna contra el herpes zóster, y continúan surgiendo datos que refuerzan este vínculo. A medida que la evidencia se acumula, los científicos buscan entender un hallazgo inesperado: ¿cómo pueden las vacunas dirigidas a patógenos específicos también ayudar a proteger el cerebro del deterioro cognitivo?

Una hipótesis emergente sugiere que las vacunas podrían estar protegiendo nuestro cerebro al entrenar una parte del sistema inmunitario que se había considerado incapaz de ser entrenada. Si esta idea se confirma, podría ofrecer una comprensión más profunda de aspectos fundamentales de nuestro sistema inmunitario, abriendo nuevas vías para el tratamiento y la prevención de la demencia. Además, podría añadir una nueva dimensión a los beneficios de las vacunas, que ya salvan millones de vidas en todo el mundo.

Inmunidad entrenada

Las vacunas presentan patógenos inactivados o fragmentos distintivos de los mismos a células inmunitarias especializadas, principalmente linfocitos T y linfocitos B productores de anticuerpos, que aprenden a identificar esos microorganismos dañinos.

De este modo, si un patógeno ataca después de la vacunación, las células inmunitarias podrán reconocer rápidamente a los invasores y destruirlos. Este proceso activa las respuestas inmunitarias adaptativas, la parte del sistema inmunitario que puede ser entrenada. Puede aprender a atacar amenazas específicas y recordarlas, lo que se conoce como memoria inmunológica.

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Por otro lado, existe la parte del sistema inmunitario que se encarga de las respuestas inmunitarias innatas. Estas respuestas preceden a las adaptativas y actúan como defensas inespecíficas de primera línea contra gérmenes y lesiones. Las defensas innatas incluyen barreras físicas (como la piel y las mucosas), células inmunitarias que pueden capturar y destruir indiscriminadamente a los invasores, así como señales químicas que pueden desencadenar rápidamente una inflamación generalizada.

Cambios epigenéticos en la inmunidad

Durante décadas, la respuesta inmunitaria innata se consideró relativamente estática, sin capacidad de evolucionar ante nuevas amenazas. Sin embargo, en 2011 se acuñó el término «inmunidad entrenada» para explicar los cambios documentados en las respuestas inmunitarias innatas tras exposiciones previas. La inmunidad entrenada se produce cuando las células implicadas en las respuestas innatas se activan y se preparan mediante señales inespecíficas asociadas a un germen. Estas células adquieren y mantienen cambios que les permiten responder con mayor rapidez e intensidad ante exposiciones posteriores, incluso frente a otros patógenos.

Los cambios observados en la inmunidad entrenada son epigenéticos. Estos no alteran la secuencia de ADN subyacente de las células, sino que son modificaciones o marcadores químicos que modifican la actividad génica. En el caso de la inmunidad entrenada, los cambios pueden afectar a genes que codifican señales proinflamatorias, lo que provoca que dichos genes se activen más cuando se vuelve a encontrar la misma señal del germen. Esto, en última instancia, resulta en una respuesta inflamatoria más intensa. Al igual que las respuestas adaptativas, estos cambios epigenéticos perduran, creando otro tipo de memoria inmunológica.

Vacunas y su impacto

El concepto de inmunidad entrenada se consolidó gracias a datos relacionados con la vacuna Bacillus Calmette-Guérin (BCG), diseñada para proteger contra la tuberculosis, causada por la bacteria Mycobacterium tuberculosis, pero que también se utiliza para tratar el cáncer de vejiga.

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En 2012, investigadores de los Países Bajos llevaron a cabo un experimento para investigar la inmunidad entrenada en ratones modificados genéticamente para carecer de respuestas inmunitarias adaptativas; no tenían células T ni células B. Los investigadores vacunaron a los animales debilitados con BCG, buscando cambios en las respuestas innatas, que eran las únicas respuestas que tenían los ratones.

Los investigadores descubrieron que la inyección no solo reforzó las respuestas protectoras innatas de los roedores contra Mycobacterium tuberculosis, sino que también potenció las respuestas contra un patógeno de levadura no relacionado, Candida albicans. Estudios posteriores sugirieron que en humanos se produce una inmunidad entrenada similar.

En el mismo estudio, los investigadores analizaron muestras de sangre de participantes sanos en un ensayo clínico antes y después de recibir la vacuna BCG. Tras la vacunación, observaron que las células inmunitarias producían una respuesta innata más intensa, medida por la liberación de señales proinflamatorias, frente a Mycobacterium tuberculosis. También respondían con mayor intensidad a Candida albicans y a la bacteria Staphylococcus aureus, lo que apunta a una forma de inmunidad entrenada inespecífica.

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