julio 28, 2026

Quién autorizó el uso de mis células para la creación de biocomputadoras y el nuevo debate ético

Las computadoras biológicas ofrecen la posibilidad de superar las limitaciones de procesamiento y consumo energético que presentan los chips de silicio utilizados en los modelos de inteligencia artificial (IA) más avanzados. Sin embargo, surge un interrogante ético que ha sido poco analizado: ¿qué tan conscientes y de acuerdo están los donantes humanos con la utilización de sus células para la creación de dispositivos computacionales, potencialmente con fines comerciales?

El año pasado se presentó la primera computadora biológica comercial del mundo, denominada CL1. Este dispositivo tiene la capacidad de procesar información utilizando neuronas reales cultivadas a partir de células madre humanas. Desde su lanzamiento, diversas universidades, centros de investigación y empresas han estado desarrollando unidades similares con la esperanza de encontrar alternativas que superen las limitaciones físicas del hardware informático actual.

Inteligencia organoide

Esta tecnología, conocida como inteligencia organoide, investiga diferentes enfoques para crear equipos computacionales impulsados por organoides, que son pequeñas estructuras tridimensionales cultivadas en laboratorio a partir de células madre y que pueden procesar señales a través de redes neuronales.

El objetivo es aprovechar las capacidades naturales de almacenamiento y procesamiento del cerebro humano para desarrollar computadoras más eficientes. Este órgano puede almacenar aproximadamente 2.5 petabytes de información y establecer conexiones complejas en menos tiempo que algunos de los sistemas más potentes disponibles hoy en día. Todo esto se logra consumiendo significativamente menos energía que un ordenador convencional y sin la necesidad de sistemas de refrigeración complejos.

Cuestionamientos éticos

A pesar de los beneficios que presenta esta tecnología, la ética relacionada con su uso ha sido objeto de intensas críticas. Los detractores argumentan que, al emplear neuronas humanas, no está claro si una biocomputadora debe ser considerada únicamente como una máquina o como un sistema que posee características de vida. También advierten que los tejidos cerebrales utilizados podrían desarrollar algún tipo de sensibilidad, conciencia o capacidad para experimentar sufrimiento.

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Adicionalmente, se plantea la posibilidad de que la fusión de biología e informática dé lugar a sistemas con comportamientos impredecibles o, en un futuro, a organismos que puedan replicarse o evolucionar. Existe preocupación de que la normalización de estas tecnologías pueda degradar la dignidad de la vida humana al tratar partes del cerebro como simples componentes de hardware comercial.

Consentimiento y biocomputación

Un reciente artículo publicado en Nature destaca que la falta de consentimiento explícito para el uso de tejido neural humano en biocomputación es un aspecto que ha sido poco debatido, a pesar de su importancia para asegurar el desarrollo responsable de esta tecnología.

Los organoides utilizados en las biocomputadoras se generan a partir de células madre pluripotentes, que pueden cultivarse indefinidamente en laboratorio y ser empleadas en diversos experimentos. Estas células suelen proceder de embriones o de células adultas donadas por pacientes que, en muchos casos, participan en tratamientos médicos experimentales.

Los autores del artículo subrayan que una de las principales inquietudes es que los mecanismos de autorización para el uso de estas células o muestras donadas son ambiguos y frecuentemente omiten información sobre los posibles usos futuros de los tejidos cerebrales.

Los investigadores indican que, al donar tejido para investigación biomédica, a las personas se les pregunta si sus muestras biológicas pueden ser almacenadas en biobancos para su uso en estudios posteriores. Esta opción, conocida como consentimiento abierto, advierte a los donantes que no hay certeza sobre el uso que se dará a sus muestras en el futuro. Sin embargo, también asegura que cualquier aplicación potencial sea revisada por comités de supervisión para garantizar que el material se utilice en estudios científicamente justificados.

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