
Al lanzar una pelota de béisbol, se tiende a hacerlo mejor con la mano dominante, ya sea que se sea diestro o zurdo. La respuesta común a esta preferencia podría ser que es la mano que se ha utilizado a lo largo de la vida. Sin embargo, durante años, los neurocientíficos han sostenido que esta superioridad se debe a una especialización innata del hemisferio cerebral que controla la mano dominante, lo que facilitaría el control de movimientos precisos.
No obstante, un estudio reciente publicado en PNAS propone una explicación alternativa: la destreza de la mano dominante podría ser principalmente el resultado de años de práctica con herramientas y objetos que requieren un control preciso de trayectorias complejas.
La prueba del codo
Para investigar ambas teorías, los científicos realizaron un experimento inusual en el que pidieron a los participantes que escribieran con los codos. Se les colocó un bolígrafo en cada brazo y se les solicitó que escribieran la letra «A» y el número «8».
La lógica detrás del experimento es clara. Si la mano dominante es más hábil debido a una ventaja innata del cerebro para controlar movimientos, esa superioridad debería manifestarse también al escribir con el codo del lado dominante. En cambio, si la diferencia se debe a la práctica, ambos codos deberían tener un rendimiento similar, ya que nadie se entrena para escribir con ellos.
Los resultados respaldaron la hipótesis de los investigadores. Al escribir con las manos, se observó la esperada ventaja del lado dominante, pero al escribir con los codos, esa diferencia se desvaneció. Incluso cuando se entrenó a otro grupo de voluntarios para escribir con el codo, ambos codos mostraron mejoras similares.
Este hallazgo sugiere que la habilidad de la mano dominante no proviene de una ventaja general del hemisferio cerebral que la controla, sino de la experiencia acumulada en la práctica de tareas específicas.
¿Una ventaja que se aprende?
El experimento con los codos fue solo una de las evidencias presentadas. En otra serie de pruebas, los investigadores compararon el rendimiento de ambos brazos durante movimientos normales, con pesas en las muñecas y utilizando una vara ligera. Si la teoría clásica fuera correcta, aumentar la dificultad física debería favorecer aún más al brazo dominante. Sin embargo, la diferencia se hizo evidente principalmente al usar herramientas, lo que también subrayó la importancia de la experiencia.
En conjunto, estos experimentos indican que la superioridad de la mano dominante parece derivar menos de una ventaja general del cerebro para controlar el movimiento y más de las habilidades específicas adquiridas a lo largo de los años al usar herramientas, escribir o manipular objetos con la mano preferida.
Los investigadores reconocen que el debate sobre este tema sigue abierto. Proponen realizar experimentos similares en personas zurdas, individuos que han tenido que cambiar de mano dominante y usuarios de prótesis, donde la biología y la experiencia podrían diferenciarse con mayor claridad. Si su interpretación es correcta, cada firma, cada dibujo y cada objeto que aprendimos a manipular desde la infancia habrían contribuido significativamente a nuestra destreza, más que cualquier ventaja innata del cerebro.
