La identificación de esta celebración con una supuesta tradición ancestral gallega se ha extendido en las últimas décadas, aunque arqueólogos y especialistas advierten de que esa conexión carece de una base histórica sólida
En los últimos años, la palabra Samaín ha pasado a ocupar un espacio cada vez mayor en colegios, ayuntamientos, medios de comunicación y celebraciones populares de Galicia. Con frecuencia se presenta como una antigua festividad celta propia del territorio gallego, recuperada después de siglos de olvido y vinculada con las actuales celebraciones de Todos los Santos y Difuntos.
Sin embargo, esa explicación dista de contar con un consenso histórico o arqueológico.
Diversos investigadores han cuestionado abiertamente que el Samaín, entendido como una festividad céltica con ese nombre y esas características, formase parte de las tradiciones históricas de Galicia. Entre ellos se encuentra el antropólogo y arqueólogo gallego Tito Concheiro, que ha señalado que Samaín es una palabra de origen gaélico y ha rechazado que exista constancia de una celebración histórica gallega denominada de esa manera.
La cuestión va más allá del nombre. Lo que se discute es la construcción, relativamente reciente, de un relato que presenta ciertas costumbres de otoño como supervivencias directas de un supuesto pasado celta gallego.
Las calabazas no prueban un origen celta
Uno de los argumentos utilizados habitualmente para defender una continuidad histórica del Samaín es la existencia de antiguas costumbres relacionadas con vaciar calabazas, nabos u otros vegetales y colocar una vela en su interior durante las fechas próximas a Todos los Santos.
La práctica existió en diferentes lugares de Galicia y de otras zonas de la Península. Pero su existencia, por sí sola, no permite atribuirle un origen celta.
Costumbres similares aparecen en territorios europeos muy alejados de las llamadas naciones celtas. Uno de los ejemplos se encuentra en Cerdeña, en pleno Mediterráneo, donde también se documentan prácticas asociadas a recipientes vegetales vaciados, luces y fechas relacionadas con los difuntos.
Que dos sociedades compartan determinados rituales vinculados con la muerte, la oscuridad o el calendario agrícola no significa necesariamente que procedan de una misma tradición étnica o religiosa.
La relación con los muertos durante los últimos días de octubre y los primeros de noviembre tiene, además, una presencia muy amplia en el mundo cristiano europeo, especialmente alrededor de las festividades de Todos los Santos y los Fieles Difuntos.
El peso del celtismo en la interpretación de Galicia
Para entender por qué la interpretación céltica ha tenido tanto éxito es necesario mirar a la construcción histórica de la identidad gallega.
La investigadora Nerea Santos Cancelas ha señalado que el celtismo ha actuado como un condicionante en el estudio de la historia de las religiones del noroeste peninsular prácticamente desde los comienzos de la disciplina.
No se trata únicamente de una discusión sobre arqueología. El concepto de una Galicia esencialmente celta ha desempeñado durante más de un siglo una función cultural, política e identitaria.
Los investigadores Alonso, González y Santos han descrito el celtismo como un fenómeno de múltiples caras: puede funcionar como construcción social, interpretación pseudocientífica, elemento del saber popular e incluso producto relacionado con determinadas tendencias culturales y comerciales contemporáneas.
Los propios arqueólogos, advierten estos autores, tampoco han sido completamente ajenos a la difusión de estas ideas. Durante determinadas etapas, algunas interpretaciones académicas contribuyeron a consolidar una imagen del pasado que posteriormente se trasladó al imaginario popular.
Una Galicia celta construida desde el siglo XIX
Una parte importante de esta visión comenzó a tomar forma especialmente durante el siglo XIX.
En aquel contexto, la idea de una Galicia céltica sirvió para explicar un supuesto hecho diferencial frente a otros territorios de España. Galicia sería distinta porque su origen fundamental sería celta, mientras que Castilla, por ejemplo, no compartiría esa misma raíz.
El arqueólogo Antonio de la Peña Santos cuestionó esta interpretación al señalar que los estudios posteriores mostraban una realidad bastante más compleja. En lugar de una Galicia profundamente celtizada, planteaba que algunas zonas limítrofes habían experimentado procesos de celtización incluso más intensos.
Esta perspectiva encaja con otros estudios que describen una celtización tardía y desigual del territorio galaico.
José Manuel Roldán y Juan José Sayas han señalado que ese proceso no afectó de la misma manera a todos los niveles de la sociedad castreña. Buena parte de sus características anteriores habría permanecido hasta la llegada de Roma.
Por tanto, hablar de una Galicia antigua como una sociedad homogéneamente celta supone simplificar procesos históricos mucho más complejos.
La arqueología frente al imaginario popular
El historiador Eduardo Sánchez Moreno ha sido especialmente crítico con lo que denomina la “pregonada celticidad de Galicia”.
Según su análisis, existe una diferencia importante entre la imagen construida historiográficamente a partir del siglo XIX y las evidencias que proporciona la investigación sobre la antigua Gallaecia.
El debate no implica negar cualquier presencia de elementos culturales o lingüísticos célticos en el noroeste peninsular. La cuestión es otra: hasta qué punto resulta correcto definir a toda la Galicia prerromana como esencialmente celta y utilizar esa interpretación para explicar automáticamente tradiciones contemporáneas.
Los investigadores que cuestionan este enfoque consideran que la evidencia disponible no permite establecer una línea directa entre determinadas costumbres actuales y una festividad céltica denominada Samaín celebrada en la Galicia antigua.
De tradición recuperada a tradición creada
Esto tampoco significa que el Samaín actual carezca de valor cultural.
Las tradiciones no permanecen congeladas durante siglos. Se crean, desaparecen, se transforman y en ocasiones se recuperan a partir de elementos antiguos mezclados con interpretaciones contemporáneas.
El Samaín que hoy se celebra en numerosos municipios gallegos puede considerarse una manifestación cultural actual, integrada ya en calendarios escolares, actividades municipales y programas festivos.
El problema aparece cuando una tradición contemporánea se presenta como una continuidad histórica demostrada sin explicar las dudas existentes sobre ese relato.
Celebrar Samaín es una cuestión distinta de afirmar que los habitantes de la Galicia antigua utilizaban ese nombre y desarrollaban una festividad equivalente a la que hoy se organiza.
Entre Halloween y la búsqueda de una identidad propia
La expansión reciente del Samaín también ha coincidido con el crecimiento internacional de Halloween.
Frente a una celebración percibida muchas veces como una importación estadounidense, el Samaín ha sido presentado en Galicia como una alternativa autóctona: una forma de recuperar una supuesta tradición propia frente a un producto cultural extranjero.
Ese contraste ha contribuido probablemente a su éxito.
Sin embargo, la historia suele ser menos sencilla que los relatos identitarios.
Ni la existencia de calabazas iluminadas demuestra por sí sola una continuidad celta ni la presencia de determinados elementos indoeuropeos convierte automáticamente todas las costumbres tradicionales gallegas en supervivencias de la Edad del Hierro.
La Galicia actual puede celebrar el Samaín y convertirlo en una tradición propia sin necesidad de retroceder artificialmente miles de años para justificarlo.
La cuestión, en definitiva, no está en si la fiesta debe celebrarse o no. Está en diferenciar entre tradición contemporánea, memoria popular e historia demostrable.
Y cuando se hace esa distinción, la imagen del Samaín como una antigua festividad celta gallega transmitida de generación en generación resulta mucho más difícil de sostener.

