julio 27, 2026

Las caídas generan más lesiones medulares que los accidentes de tráfico en Ourense

Los expertos advierten sobre el alto costo que puede tener un segundo de distracción. Un paso en falso desde una altura inesperada, un descuido al conducir o un salto al agua, ya sea de cabeza o corriendo, pueden cambiarlo todo. En la Unidad de Lesionados Medulares (ULM) del Complejo Hospitalario Universitario de A Coruña (CHUAC), los profesionales enfrentan el impacto vital que algunos accidentes, decisiones impulsivas o actos imprudentes pueden acarrear. Este centro se ha consolidado como un referente en Galicia, donde se derivan los casos de daño en la médula espinal causados por diversos traumatismos, “tanto para una atención inicial en la fase aguda como para un tratamiento integral de por vida”, señala el doctor Antonio Montoto, especialista en Medicina Física y Rehabilitación.

En sus instalaciones, se atiende a aproximadamente cien nuevos pacientes al año. Las estadísticas sobre tetraplejias y paraplejias en Galicia indican que, en las últimas dos décadas, el perfil del paciente ha cambiado drásticamente. Anteriormente, la mitad de los pacientes eran jóvenes que sufrían accidentes de tráfico. Hoy en día, las carreteras han pasado a ser la segunda causa de lesión medular traumática, representando el 25% de los ingresos. “Esta disminución se debe a la implementación del carné por puntos en 2006, al endurecimiento de las sanciones por conducir bajo los efectos del alcohol y a un cambio sociológico en la forma de salir de fiesta, ya que los jóvenes ahora se organizan de manera diferente”, explica el doctor Montoto.

Cambios en el perfil de los pacientes

Por otro lado, el envejecimiento progresivo de la población ha llevado a que más de la mitad de los ingresos en esta unidad sean de personas mayores de 45 años, e incluso de 65, que han sufrido caídas y accidentes fortuitos. Desde la unidad se observa que “las caídas son más frecuentes en el medio rural, en el manejo de tractores o al utilizar escaleras en mal estado, así como lesiones derivadas de intentos de suicidio y en el sector de la construcción, aunque en menor medida debido a la disminución de la actividad”.

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Un tercer grupo de pacientes se compone de aquellos que sufren traumatismos por “malas zambullidas”. El pronóstico es alarmante: “Introducirse al agua con la cabeza por delante incrementa la posibilidad de lesiones en las vértebras cervicales. El resultado más común es una tetraplejia irreversible, que conlleva la pérdida total o parcial de la movilidad y sensibilidad en brazos y piernas”, advierte Montoto.

La importancia de la prevención

Estas “zambullidas fatales”, junto con caídas en bicicletas y otras actividades de riesgo, son poco comunes, según las estadísticas de la Unidad de Lesión Medular, pero cuando ocurren, sus consecuencias son devastadoras. “Afortunadamente, tratamos entre tres o cuatro casos al año, pero las secuelas son drásticas e irreversibles”, explica Montoto. Hasta el momento, este año no se ha registrado ningún paciente de este tipo, pero los expertos advierten que no se debe bajar la guardia: el verano aún está en su apogeo y los chapuzones pueden ser un disparador de adrenalina.

El perfil habitual de los lesionados en el agua suele ser un varón joven, entre 15 y 45 años. “No recuerdo haber atendido a ninguna mujer en mis 35 años de carrera”, destaca el doctor Montoto, quien enfatiza que estos accidentes no solo ocurren en lugares exóticos: “Entrar corriendo contra la ola y golpear la cabeza en la arena es bastante común”.

Al observar imágenes publicadas en este periódico, donde varios jóvenes saltan al río Miño desde el Puente Viejo, los expertos mencionan un factor neurológico: la dopamina llama a más dopamina. Desde la ULM se trabaja en la concienciación sobre el peligro y no se descarta que “la era digital en la que vivimos pueda influir”. Aunque no hay documentación formal al respecto, Montoto sugiere que el “postureo” y la tendencia a grabar todo con el teléfono móvil para compartirlo en redes sociales podrían estar fomentando estas conductas. Este punto coincide con la neuróloga Frances E. Jensen, quien en su libro “El cerebro adolescente” menciona que el principal indicador de la conducta en estas edades no es la falta de percepción del peligro, sino la anticipación de recompensas a pesar del riesgo. Los jóvenes, al no haber experimentado “las consecuencias negativas de actos arriesgados, tienden a repetirlos en busca de gratificación”, concluye.

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