
Bajo la superficie del Estrecho de Ormuz y el Golfo circundante se encuentra un santuario biológico. La región alberga aproximadamente 7,000 dugongos y menos de 100 ballenas jorobadas árabes, una población no migratoria que no puede abandonar estas aguas.
Estados Unidos e Irán acordaron esta semana un delicado alto el fuego de dos semanas, tras semanas de escalada de tensiones que interrumpieron el tráfico marítimo a través del estrecho de Ormuz.
Sin embargo, el alto el fuego no ha despejado las aguas. Las minas navales, la actividad militar residual y la congestión de las rutas marítimas mantienen al estrecho como un entorno de alto riesgo, no solo para los buques, sino también para los ecosistemas que se encuentran bajo ellos.
Con 800 buques actualmente atrapados debido a un bloqueo marítimo que dura un mes, los armadores se preparan para moverse. Mientras tanto, los titulares se centran en el petróleo y el comercio, otro tipo de residentes lucha por navegar por el Golfo Arábigo.
Estas especies son extremófilas, adaptadas a niveles de calor y salinidad que reflejan lo que gran parte de los océanos del mundo podría sufrir en 2050. Los científicos las consideran un modelo viviente de cómo los ecosistemas marinos podrían sobrevivir al cambio climático, si logran sobrevivir a este momento.
El sonido es supervivencia
Las explosiones submarinas y el sonar militar no solo asustan a las ballenas, sino que pueden cegarlas físicamente, provocando su varamiento y muerte. La ballena jorobada árabe, a diferencia de sus primas del Atlántico, no migra. Para ellas, el Golfo no es un corredor, sino su hogar, un hábitat permanente.
El Dr. Olivier Adam, investigador de la Universidad de la Sorbona de Abu Dhabi, afirma que los cetáceos residentes del Golfo, más conocidos como mamíferos marinos, tienen opciones limitadas: abandonar su hábitat o quedarse y soportar una exposición prolongada al ruido.
En el caso de las ballenas jorobadas árabes, la reubicación no es realista, ya que son una de las únicas poblaciones que no migran entre las zonas de alimentación y cría. «Estas ballenas barbadas no tienen forma de escapar», explica.
Los sonidos que soportan son algo más que una molestia; son una barrera física y social. Las ballenas dependen del sonido para casi todas sus funciones esenciales: alimentación, navegación, reproducción e interacción social. Cuando se altera ese entorno acústico, los efectos son inmediatos. «Sus sonidos emitidos, que son por tanto importantes para estructurar sus grupos sociales, pueden quedar enmascarados por la contaminación acústica submarina procedente de las actividades humanas en el mar», añade.
