
Cuando Nathalie Jasso comenzó a jugar Ragnarok Online, una franquicia de videojuegos multijugador, encontró un espacio para socializar. La plataforma le permitía comunicarse con personas de diferentes países, formar equipos y compartir tiempo con quienes tenían intereses similares. Allí conoció a un hombre que parecía comprenderla. Le hablaba de música que a ella le gustaba, conocía detalles de su vida y parecía compartir muchos de sus intereses. Incluso la invitó a salir. Con el tiempo, Nathalie tuvo problemas con su computadora. Él se ofreció a ayudarla y ella le dio acceso remoto a su equipo. Posteriormente, descubrió que le había instalado un software espía que le permitía monitorear sus actividades en la computadora.
“Me había estado espiando como unos tres meses antes”, recuerda Nathalie. Este descubrimiento transformó su relación con los videojuegos y con internet. “Ya no me sentía segura en ningún lugar, pues tenía acceso a todas mis cosas. Me deprimí horrible, me la pasaba durmiendo”, relata en una entrevista. Su experiencia ilustra cómo la violencia en las comunidades de videojuegos puede trascender las pantallas y afectar la vida cotidiana.
Un caso alarmante en Brasil
En 2021, ocurrió en Brasil el primer feminicidio en América Latina en el que víctima y agresor se conocieron en comunidades de videojuegos. Ingrid “Sol” Oliveira Bueno da Silva, jugadora de Call of Duty Mobile, tenía 19 años cuando fue asesinada en São Paulo por Guilherme “Flashlight” Alves Costa, otro jugador que conoció a través de internet. Este caso evidenció hasta dónde puede escalar la violencia contra las mujeres en estos entornos.
“Me causó mucha impresión porque prácticamente la noticia estuvo 15 días. Muchas desarrolladoras lamentaron los hechos y no se volvió a hablar de Sol jamás. Ya llegamos a ese punto de nivel de odio feminicida hacia las mujeres”, señala Jimena Yisel Caballero, estudiante de doctorado en Ciencias Políticas y Sociales e investigadora especializada en sexismo en los videojuegos.
La violencia en comunidades gamer
Para Caballero, la violencia que enfrentan las mujeres en comunidades gamer de América Latina es considerable, pero sigue siendo poco estudiada. “Tenemos muchos textos de allá [el norte global], pero a mí me importaba mucho ver qué ocurre acá, porque los niveles de violencia son mucho más altos aquí que en los países donde están estudiando”, explica.
La especialista indica que la violencia a menudo se simplifica en una sola palabra: toxicidad. Esta etiqueta se utiliza para referirse a insultos, burlas o discusiones entre jugadores, pero también abarca agresiones más variadas: desacreditar a una jugadora por ser mujer, sexualizarla, acosarla, amenazarla o incluso buscarla fuera del juego.
Casi la mitad de quienes juegan son mujeres, pero no reciben el mismo trato
Las mujeres representan la mitad de las personas que juegan videojuegos en México. El reporte ‘Estado del gaming en México’, publicado en 2025 por el extinto Instituto Federal de Telecomunicaciones, señala que el 50.2% de quienes juegan son mujeres. Esta cifra desafía la noción de que los videojuegos son un pasatiempo exclusivo de los hombres; sin embargo, su presencia no asegura que vivan la misma experiencia en el juego.
“Hay una mujer en la partida, ya vamos a perder”. Andrea Ramos, de 24 años y originaria de la Ciudad de México, ha escuchado esa frase en múltiples ocasiones. “Lo dan por hecho solo por el nombre”, comenta. Andrea juega shooters, juegos de rol y simuladores desde niña, pero cuando participa en partidas competitivas, su rendimiento no siempre determina el trato que recibe. Si pierde, algunos jugadores afirman que el equipo perdió por culpa de una mujer. Si juega bien, la acusan de hacer trampa.
“Seguramente eres gorda, odiosa y tóxica” o “vete a la cocina” son otros de los comentarios que ha recibido mientras juega. Una discusión que comenzó dentro de un videojuego se trasladó a su cuenta de Instagram. Un jugador que se molestó por perder, la buscó fuera de la plataforma, le deseó la muerte y le escribió que iba a encontrarla para “darle una lección”.
