Robos de cobre han proliferado en diversas áreas, afectando la señalización de las vías del tren y los cables de comunicación telefónica. Sin embargo, la situación ha escalado a un nivel alarmante: ahora se están sustrayendo las figuras de cristos que custodian las lápidas de nuestros difuntos. El saqueo de 34 cristos en la noche del lunes 16 de marzo en el camposanto de San Breixo de Celanova ha llevado el número total de figuras robadas a más de 60 en solo once días, incluyendo los cementerios de Santa María de Fechas y San Xoán de Viveiro, el de Marabillas en Cartelle y el de San Eusebio en Coles.
El impacto emocional del robo
Al cementerio uno va a hablarle al que emigró al país del más allá, a contarle que el hijo compró un coche o que el nieto entró en la Universidad. Detrás del robo de un crucifijo hay mucho más que un mercado que paga 10 euros el kilo de bronce y mucho menos de latón: hay un daño emocional que va infinitamente más allá que el patrimonial. Este tipo de robos no solo afecta el patrimonio material, sino que también causa un profundo dolor a las familias que ven cómo se despojan de los símbolos que honran a sus seres queridos.
Las preguntas que surgen son inquietantes: ¿está nuestro patrimonio rural desprotegido?, ¿cómo podemos protegerlo si cada vez hay más habitantes en el camposanto que en el censo de la aldea? La creciente inseguridad en los cementerios refleja una falta de atención hacia la preservación de estos espacios, que son fundamentales para la memoria colectiva de las comunidades.
La necesidad de una respuesta colectiva
La situación exige una respuesta colectiva que involucre a las autoridades locales y a la comunidad en general. Es imperativo establecer medidas de seguridad más efectivas en los cementerios y fomentar la conciencia sobre la importancia de proteger nuestro patrimonio cultural. Las iniciativas pueden incluir desde la instalación de cámaras de vigilancia hasta la organización de grupos de voluntarios que se encarguen de cuidar y mantener estos espacios sagrados.
La protección del patrimonio no es solo una cuestión de preservar objetos materiales, sino de salvaguardar la memoria y el respeto hacia aquellos que han partido. La comunidad debe unirse para enfrentar este desafío y asegurar que los cementerios sigan siendo lugares de paz y recuerdo, libres de la amenaza del vandalismo y el robo.

